Actualidad Pastoral

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Reflexiones semanales. Pan de la palabra #2

Hermanos y hermanas, reciban un saludo de paz y bien. 

La primera lectura que meditamos es del libro del Génesis. De entrada, la lectura nos puede parecer chocante, pues la solicitud del sacrificio de Isaac a manos de Abraham, su padre, es de una dureza incomprensible desde cualquier tipo de lógica. Surgen, por lo tanto, algunas preguntas: ¿Por qué Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo? ¿Qué necesidad tiene Dios de un sacrificio humano como signo de la fidelidad de un hombre? Y, finalmente, ¿cómo entender dicha solicitud?  

 Los sacrificios eran una práctica casi “normal” en el mundo antiguo y sobre todo en el mundo religioso. El propósito variaba según el tipo de sacrificio que se ofrecía, aun así, se puede afirmar que los sacrificios buscaban manifestar el amor, el agradecimiento y la oración de petición a Dios. En el caso del sacrificio que ofrecía Abraham se ve claramente una dimensión personal y de fidelidad de un hombre con Dios. Abraham es presentado en el Génesis como hombre con temor de Dios, convencido de la grandeza de Dios; él escucha la voz de Dios, la obedece y fortalece su fe y la de su pueblo. Este acontecimiento marca el inicio de la profesión de fe en un solo Dios. Abraham deviene en padre de la Fe. Este relato del Génesis es, con todo, anticipación de la entrega y sacrificio del Hijo de Dios como ofrenda expiatoria y de redención de la humanidad. Con este texto, entonces, Dios nos habla desde la fidelidad que practicó Abraham y desde su compromiso por establecer una Alianza de Salvación con todo el género humano.  

 

Según lo anterior, la comprensión que debemos hacer de los sacrificios y prácticas penitenciales que realizamos en este tiempo de Cuaresma deben estar encaminadas a suscitar, en nosotros mismos, la reflexión sobre nuestra propia fidelidad y compromiso con Dios que es amor, bondad y misericordia y que, precisamente, nos ofrece la más grande prueba de amor en el sacrificio de su propio Hijo, Jesucristo, el Señor, según la enseñanza de san Pablo a los Romanos: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. 

 

 La historia del sacrificio de Isaac nos enseña que nuestra vida se fundamenta, en primer lugar, en Dios, Único y Verdadero.  

 

El Evangelio según San Marcos nos narra la escena de la Transfiguración de Jesús ante los discípulos Pedro, Santiago y Juan en un monte alto (Monte Tabor). Este es un acontecimiento lleno de simbolismo, dichos símbolos nos hablan de la persona de Jesús revestida de luz, es decir, de su propia glorificación; en otras palabras, la Transfiguración nos revela al Cristo. En ese sentido, Jesús no es meramente un personaje histórico, también es el Hijo de Dios. La voz que sale de la nube lo confirma: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».  

 

Leyendo en su integridad el texto, podemos también notar que se desarrolla una escena o un ambiente de oración, de recogimiento y de grandeza espiritual que estimula a Pedro para hacer una sugerencia, quizás un poco indiscreta: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No obstante, el mismo relato nos señala que, aunque los discípulos estén conformes con la presencia del Señor, ello es tan sólo una etapa fundamental del proyecto que asumirán con Jesús: el compromiso por predicar un mundo más justo y más humano que descansa, por supuesto, en las manos de Dios. 

 

La vida tiene un sentido más amplio que va más allá de nuestro deseo natural de controlar las cosas; como creyentes, nosotros confiamos en que la vida verdadera está en manos de Dios, pues él nos conoce, nos acoge y con sus palabras y gestos ofrece su bondad y misericordia a la humanidad. Hermanos, si consideramos que la vida tiene un sentido, éste se encuentra en las manos de Dios en quien somos, nos movemos y existimos.  

 

 

En alabanza de Cristo,  

Amen.  

Fray Julián Andrés Beltrán OFM.