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¿Qué tan importante es controlar nuestros impulsos?

 

Qué tan importante es controlar nuestros impulsos

Catéquesis

P.  José Angel Carrillo Gómez, cjm

 

Nos cuenta la historia sagrada (2 Sam 11) que en tiempo de primavera cuando los reyes salen a sus campañas, el rey David se quedó en Jerusalén. Un atardecer se levantó de su lecho y se paseaba por el terrado de la casa real cuando vio desde lo alto del terrado a una hermosa mujer que se estaba bañando (v. 2). Primer error del rey: quedarse en el palacio sin hacer nada. Normalmente cuando le damos espacio al ocio, se nos pueden venir muchos vicios encima: drogas, alcohol, juegos de azar, pornografía, etc.

Llamó David a los criados para informarse acerca de la mujer y le dijeron que se llamaba Betsabé, hija de Eliam y esposa de Urías el hitita (v.3). Es en este momento en que el rey tiene información sobre la mujer. Podría haber tomado la opción de decir para sus adentros…bueno, es una mujer muy hermosa, pero es casada. Tengo que respetar la ley de Dios. Yo amo mucho a Dios. Me ha ayudado mucho en mis batallas. Sin embargo, David no pensó en su Dios. Así nos pasa a nosotros muchas veces. Nos llega el momento de la tentación, pero nos obnubilamos tanto con ese objeto de deseo que terminamos rindiéndonos ante la pasión. Cuando Jesús nos enseñó el Padre Nuestro no nos enseñó a decir…quítanos la tentación, sino más bien…no nos dejes caer en la tentación. La tentación es necesaria para poder demostrarle a Dios que lo amamos y también para crecer espiritualmente. Sin embargo, para no caer en la tentación se necesita la ayuda del Padre celestial. Está claro que solos no podemos vencer las tentaciones. Normalmente cuando llega el momento mismo de la tentación, perdemos fuerza y por eso se hace necesario recurrir desde muy de madrugada al Señor para que él nos envíe el poder de lo alto para vencer la tentación. Ese poder se denomina en el cristianismo “gracia”.  Sin la gracia es imposible vencer la tentación. Nos dice la carta a los hebreos que Jesús, durante los años de su vida mortal, con lágrimas en los ojos, con poderoso clamor, elevó súplicas al único que podía salvarlo de la muerte y fue escuchado por su religiosa sumisión (hebreos 5:7-9). Alguno dirá...pero Jesús no fue librado de la muerte porque expiró en la cruz. Sin embargo, tenemos que entender que el autor de la carta a los hebreos no está hablando de la muerte física sino de la muerte espiritual, es decir del pecado.

Reflexionemos: Si Jesús, siendo quien era tuvo que orar todos los días y no de cualquier manera sino con lágrimas en los ojos para no caer en tentación, ¿qué será lo que nos quiere decir a nosotros?

Llegamos a la conclusión de que a la tentación se le vence antes de sufrirla. Por eso reza el dicho popular “…soldado advertido, no muere en guerra…”. La mayoría de veces que hemos caído en la tentación es porque no la hemos vencido anticipadamente a través de la oración fuerte a Dios. Este es un ejercicio diario al menos durante cinco minutos clamándole al Padre como lo hacía Jesús. Le podríamos decir al Padre algo así como “…Padre, te son familiares mis puntos débiles, tú me sondeas y me conoces y sabes que sin ti puedo caer en este día en alguna tentación. No quiero herirte Padre Santo. No quiero fallar. No quiero destruir tu templo, no quiero ser vencido por el enemigo. Te suplico en el nombre de tu Hijo amado Nuestro Señor Jesucristo quien clamó todos los días de su vida para no caer en pecado, ten misericordia de este miserable pecador, ten piedad de este tu hijo pequeñito y débil que sucumbe fácilmente ante las insinuaciones del mundo y por favor ayúdame con tu gracia, envía tu poder de lo alto para que me sostenga hoy y siempre, amen…”.

Posteriormente nos cuenta el relato verso 4, que David envió sus criados a que le trajesen a la mujer. Él sabe que es casada y que se va a meter en líos, pero puede más la pasión. No puede olvidar ese cuerpo tan bello que observó y lo único que desea en este momento es poseerla a como dé lugar. Creo que lo mismo nos pasa muchos. Sabemos que eso que pensamos hacer es incorrecto, es peligroso, no es saludable y sin embargo, seguimos adelante. Me llama la atención que los perros y los gatos huelen la comida antes de ingerirla. Si no les gusta el olor, saben que no es comida para ellos y la dejan ahí. Qué lecciones nos da el creador con las mismas creaturas de la naturaleza que no tienen capacidad de reflexionar pero que actúan por instinto natural. ¿No nos pasa por ejemplo que sabemos que ese hombre o esa mujer o esa amistad no me conviene y sin embargo le pido el número del celular? no me he puesto a pensar primero que sería mejor no entablar una relación de la que después me podría arrepentir? pero no. Nos pasa muchas veces con contadas excepciones, que caemos irremediablemente en lo que cayó David y ese es un momento de enceguecimiento tal que ni la familia, ni la sociedad, ni mi imagen, ni mi Dios, me interesan. Es por eso que uno de los grandes llamados que nos hace Jesús cuando lo vamos a seguir es “niégate a ti mismo y toma tu cruz” (Mateo 16:24).

Betsabé llegó al palacio y David se acostó con ella cuando acababa de purificarse de sus reglas. (v.4). Se consuma entonces el pecado. Por eso el apóstol Santiago dice que cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte ( St 1:14-15).

Ya David ha pecado. ¡Tragedia humana! Muerte. Muerte espiritual. Ahora Dios se retira del templo que ha dado lugar a la muerte. Dios se retira porque hemos preferido el placer, la pasión, el egoísmo. Llega el pecado y con él la deshonra, la angustia, el caos, la preocupación. ¿Bien lo decía san Pablo a los romanos…quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? (Rm 7:24). Hemos perdido la luz. Hemos perdido al amor de los amores. ¡Se apagan las luces! Se va el Espíritu, se va la sabiduría y la paz.

Sin embargo, la vida sigue como si nada. Betsabé retorna a su hogar. La pobre fue obligada por el rey. Tal vez ella ama a su esposo, pero en parte tiene culpa porque no tomó las preocupaciones necesarias cuando se iba a desnudar para bañarse. Es de entender también que en ese tiempo no tenían las facilidades que tenemos hoy para construir baños más privados. Sin embargo, ella sabía que desde alguna terraza la podrían estar observando. En su caso, fue falta de prudencia. Es la misma falta de prudencia en algunas mujeres que no se visten de la mejor manera e influenciadas por los medios de comunicación salen a la calle a llamar la atención de los lobos que se vuelven tiburones y se alteran cuando ven carne humana. No podemos invitar a que las mujeres cristianas se vistan como si fueran religiosas. Sin embargo, está latente la invitación de san Pedro a vestir con modestia y a tratar de alabar a Dios con un corazón sincero: “…que vuestro adorno no esté en el exterior, en peinados, en joyas y modas sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena. Esto es precioso ante Dios. Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios…” (1 Pedro 3:3-6).

Un tiempo más tarde, la mujer queda embarazada y se lo manda decir al rey. A partir de ahora, cuando ya se ha consumado el acto, podríamos decir como reza el proverbio popular “…después del gusto, viene el susto…”.

Es así que el rey empieza a diseñar una serie de estratagemas para poder deshacerse de su responsabilidad como padre. No tiene el valor de afrontar la situación pues “el pecado acobarda”.

Del verso 6 al 13, vemos como el rey pone en práctica lo que había pensado para achacarle el hijo a Urías, el esposo de Betsabé, pero este es más fiel que el rey en cuanto a las leyes religiosas, que dicen que hay que abstenerse de relaciones sexuales mientras se está en tiempo de guerra. Además, él quiere observar la solidaridad con sus compañeros que están en el campo de batalla. El rey se siente acorralado porque ve que se llega el momento en que su fiel soldado se va a dar cuenta que su hermosa esposa está embarazada. Urías ya lleva algunos meses en el campo de batalla. El rey no quiere poner la cara ni quiere excusarse con su subalterno. Además, sería un escándalo para él y para Betsabé.  ¿Y si hubiese tenido el valor y la humildad para enfrentar la situación, si hubiese buscado otro medio de solucionar su problema? pero finalmente recurre a la violencia. Hace poner a Urías al frente de la batalla y da órdenes para que se retiren en el momento preciso para que él muera y parezca que fue muerto por los enemigos (versos 14-15).

Posteriormente le comunican al rey acerca de la muerte de su valiente soldado. Todo como que vuelve a la normalidad. Betsabé se entera que su esposo ha muerto e hizo duelo por él. Seguramente nunca se enteró de la causa real de la muerte de él. Pasado el luto, David envió por ella y la recibió en su casa, haciéndola su mujer. Ella le dio a luz un hijo (versículos 26-27). ¡Qué desfachatez la del rey!

Todo pareciera que está en calma y que ha triunfado el mal sobre el bien y que el rey ha quedado impune. Sin embargo, la palabra dice que aquella acción que David había hecho desagradó a Yahveh (v. 27). Es lo que se llama la “santa ira de Dios”. Es un espacio de tiempo en que Dios se queda como en silencio. Pareciera que no existiera, pues triunfa el mal y seguimos en nuestro pecado como si nada. Durante este espacio de tiempo como que no nos resultan las cosas, como que da la impresión que Dios no nos escucha. Como que emprendemos proyectos y fracasan, como que sentimos la ausencia de Dios en nuestra vida. Es la santa ira de Dios que se cierne silenciosa en nuestras vidas hasta que algún día abramos el corazón a su llamado.

Este mismo Dios es justo y todo lo ve pues su mirada es más profunda que diez mil soles y a través de esta mirada observa todos los caminos de los hombres y penetra los rincones más ocultos (Sir 23:19).

Ese mismo Dios envía al profeta Natán que le cuenta una historia al rey acerca de un hombre rico que tenía ovejas y bueyes en gran abundancia. Otro hombre pobre no tenía más que una corderilla. Solo una, pequeña, que había comprado y que alimentaba. El rico, prosiguió el profeta, tomó la ovejita del pobre para atender a un visitante y dio de comer al viajero. El profeta con esta historia, como Jesús años más tarde, logró mover el corazón del rey hasta el punto que el rey se encendió en gran cólera contra aquel hombre y dijo a Natán que ese hombre merecía la muerte. Natán entonces seguramente mira de frente al rey y le dice…pues ese hombre eres tú!

Nos imaginamos la cara que hizo el rey en ese momento. Sabemos por la narración del capítulo 12 que David se arrepintió de ahí en adelante y con el “sacudón” del profeta entró en razón y se dio cuenta de la gravedad de su falta. Muchas veces nos hacen falta esos “sacudones” para poder entrar en razón acerca de nuestro mal comportamiento y cambiar. Posteriormente en medio de su dolor compuso el salmo que se conoce en la Iglesia como el “miserere” (salmo 51).

Meditando el salmo, nos podemos dar cuenta de la profundidad del arrepentimiento del rey David. Menos mal David se alcanzó a arrepentir de su falta y trató de marchar mejor de ahí en adelante ante la presencia de Dios. Desaparece entonces la santa ira de Dios de su vida.

 Sería bueno hacer un buen examen de conciencia de nuestra vida para saber por qué no nos resultan las cosas. Algunas veces podría ser la santa ira de Dios que se cierne pedagógicamente sobre nuestras vidas para ayudarnos en nuestro camino al cielo.

David fue uno, sino el mejor rey de Israel. Era un hombre espiritual que temía a Dios, pero también fue presa de sus pasiones. A cualquiera le puede pasar. A ti que estás leyendo este artículo te podría pasar lo mismo. O a mí, que estoy tratando de darte luz de la que recibo del buen Dios. Si quieres evitarlo, sigue los consejos que te di anteriormente en relación con la forma para evitar caer en la tentación pues sabemos que nos llega todos los días de diferentes formas. Como dice san Pablo: “…el que esté de pie, tenga cuidado no sea que caiga…” (1 Co 10:12).

Oremos con san Juan Eudes:

Oh divino Alfarero: Soy consciente que soy frágil y que necesito que me rompas de vez en cuando para recrearme y poder ser una creatura nueva que no se deje dominar tanto por sus impulsos. Te suplico en el nombre de tu amadísimo Hijo Nuestro Señor Jesucristo, quien supo vencer las tentaciones con la fuerza del Espíritu Santo, me ayudes para poder conseguir superar mis pasones y poder así complacerte para siempre, Amén.